Temblando, temblores muy suaves, tranquilos y que me gusta cómo me recuerdan mi fragilidad.
Mirada, miradas cerradas, que traspasan fronteras que desaparecen, y se mezclan con el olor al alargar el brazo hasta la mesa.
Aire, que levanta la lluvia, y el abrazo silencioso al pasar cerca, al girar el cuello, al cruzar de nuevo la mirada cerrada, que comprende que si los abres, mueres deshecho de tanto por dar.

Y el pan, con aceite, y un poco de jamón, que aparece sin pedirlo a mi lado, cuando otra mirada abierta me ve rodar una lágrima y cuando pregunta, respondo con un silencioso: todo está bien.
Y te agarra la mano, y te aprieta, y te dice no estás solo y que te quiero callado y hablando, y necesito que lo sientas.

Y cada nota, suena y moja, y cae, y te recuerda, y admiras y no quieres que pare de llover, en esta tarde de otoño que suena a todo lo que no es un adiós y se empeña en encerrar latidos que pelean por querer enredarse allá donde no deben, donde no pueden habitar.
Dies irae



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