Día trescientos nueve. Lluvias

Temblando, temblores muy suaves, tranquilos y que me gusta cómo me recuerdan mi fragilidad.

Mirada, miradas cerradas, que traspasan fronteras que desaparecen, y se mezclan con el olor al alargar el brazo hasta la mesa.

Aire, que levanta la lluvia, y el abrazo silencioso al pasar cerca, al girar el cuello, al cruzar de nuevo la mirada cerrada, que comprende que si los abres, mueres deshecho de tanto por dar.

Lluvia cayendo con fuerza sobre una acera de adoquines, con dos tutores de madera en primer plano
Llueve

Y el pan, con aceite, y un poco de jamón, que aparece sin pedirlo a mi lado, cuando otra mirada abierta me ve rodar una lágrima y cuando pregunta, respondo con un silencioso: todo está bien.

Y te agarra la mano, y te aprieta, y te dice no estás solo y que te quiero callado y hablando, y necesito que lo sientas.

Fondo de un vaso de café casi vacío, con restos de crema dorada en el cristal

Y cada nota, suena y moja, y cae, y te recuerda, y admiras y no quieres que pare de llover, en esta tarde de otoño que suena a todo lo que no es un adiós y se empeña en encerrar latidos que pelean por querer enredarse allá donde no deben, donde no pueden habitar.

Dies irae

Comentarios

Deja una respuesta

Descubre más desde Chaspalindes, Cazando Pensamientos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo