Entre el estar y el ser, se abre un vacío oscuro y silencioso. Un espacio, donde se ahoga la ilusión, y crece la desesperanza.
Soledad que duele sin sentido, cuando los hilos que unen el ser y el estar se pierden en la opaca distancia.
Huecos que se llenan de repente a compuerta abierta, y que de la misma forma se vacían dejando a la vista las vergüenzas de los momentos que sólo están llenos de aire viciado.
Estas son las sensaciones que producen al final del instante los vampiros de Luz. Seres incandescentes en apariencia, que brillan robando, y son en esencia templos de desolación.
Se les reconoce rápido. Duelen en soledad y Ríen en presencia. Atrapan los instantes, los envenenan y pudren en su ausencia. Osarios de Vida, pudrideros de latidos, estancias inertes, soledad y dolor.
Huye.
No hay nada que hacer ahí, y cuando más entra tu empatía más se confunde con el cariño y el aprecio artificioso que nace del placer del mordisco del no muerto.
