A pesar de lo casual que la mil cosas puedan parecer, nada es azar, y si el «flow» del iPod dice que Pink Floyd, y «Coming Back to Life», siempre puedo decir que no, pero esta vez fue cara…
Claro, que la vía muerta puede sonar como un mal destino, pero la Vida nos ofrece un sin fin de piezas, para jugar a recomponer el puzzle del día a día.

A velocidades sin freno, cuesta abajo, y viento a favor, se hace complicado mirar el paisaje. Es tal la tensión de ignorar el resultado final, que nos perdemos en el miedo y nos volvemos esclavos de los momentos.

Ahí, donde la visión se vuelve borrosa y las intuiciones pierden la esencia de los latidos que las guían, es cuando a la mínima luz, tienes que echarte a un lado. Y así hice, entre risas y puntos de pánico en la mirada.

Parar en la vía muerta enterrada en arena, frenó el acelere desbocado y dejó escuchar el silencio entre crujir de engranajes, y descanso de pistones.
Me fui enfriando y con la contracción surgió alguna fisura, que sin llegar a la estructura, si se dejaron ver en la superficie requemada y adornada con jirones de piel metálica.

Mientras tanto, otros bólidos levantaban estelas de polvo y lluvia a su paso. Bufaban, gritaban algunos, otros parecían haber aceptado el destino que querían, y decidí dejar la vía muerta y abrir espacio.

Paralelo a mi derecha, de nuevo la pista de aceleración, pero esta vez podía elegir entre comarcal, nacional o de peaje. Es el truco de empezar despacio, tranquilo. ¿Quien quiere vivir deprisa?. Esta vez no, esta vez, quería sentido sencillo, nada de carriles despejados para correr. Esta vez, arbolados y paisajes eternos, cielos abiertos y ríos que saltar.

Comenzamos a recuperar el ritmo poco a poco, y con medida tranquila y sin dejarme pensar demasiado, paré en la siguiente sombra para poner música a los segundos, y disfrutar de pan y cerveza.

Descansa.
