Pasaremos de la grandeza del alcance, a la grandeza del origen. De la nada total que pareció ser nuestro origen, a posarnos sobre la superficie de un cometa con forma de patito y nombre 67P/Churyumov-Gerasimenko… Misión Rosetta Philae.
Comenzamos de la mano de Vangelis, pero al final, no dejes de llenarte con Dead Can Dance, …
Quizás las cosas sencillas comienzan cuando te dejas sentir. Un latido, un paso y al camino.

Aquel día los pasos nos llevaron al campanario que imaginábamos hacían sonar unos monjes cautivos de Dios. Pero no, en el norte profundo, habían llegado las máquinas que imitaban los brazos de un arte centenario, y el repicar salía de aquel badajo mecánico.

Alrededor, camas de descanso eterno, donde los mensajes de despedida entre fotos y recuerdos, pasaban de bonitos a lúgubres, casi siniestros. Aún así, bajo el calabobos de septiembre, las gotas de agua y olor de la tierra llamaban con ímpetu a la calma de Alma.

Fue Manuel, quien de la mano nos comenzó a llevar por caminos de piedra y tierra. Bajo árboles y colores, setas y moreras. El cielo se adivinaba en los reflejos del río Nansa. La espesura de Vida, y la neblina del bosque, configuraban un paisaje de cuentos tan real como el crujir de la ramas bajo los pies.

Después de media hora, agarrados a raíces y equilibrio sobre badenes para no caer ladera abajo, llegamos a la entrada de la cueva de primavera.

30000 años y una leyenda se escondían tras la verja metálica de Chufín. Antes de tirarnos de rodillas al suelo y continuar nuestro viaje, admiramos muescas en las paredes de ciervas y venados.Trazos de la antigüedad que habían perdurado al crudo invierno del pasado glaciar.

Arrastrarse sobre piedras y arena para entrar a la oscuridad del tiempo, es toda una experiencia. La respiración agitada, acompaña al corazón y los sonidos de los guijarros. Unos metros más adelante, podemos levantarnos y comenzar a sentir la cámara.
Al encender unas tenues lámparas led, se abren huecos en el suelo, las camas milenarias del oso cavernario. Y casi perdidos en los límites, agujeros cavados en busca del tesoro del Moro chufín. Así reza la leyenda que da nombre a la cueva milenaria, donde se dice escondió el ‘infiel’ sus riquezas de los desalmados cristianos…

Pero esa historia es de hace un instante, cuando en nuestro rectar por la cueva llegamos a un nuevo alto que se ilumina con la tenue luz de nuestras velas mecánicas. Agitamos las manos simulando la llama de una antorcha y en las paredes aparece el arte y la magia de nuestros ancestros. Estremece contemplar las manchas pintadas con orden y cuidado. Los colores oscuros y la silueta del Chamán. La Mujer como lo que siempre fue Reina y Diosa, Sagrada, creadora de Vida. Y llenando todo la magia del silencio tenue.

Aún dimos un paso más, apagamos la Luz y la noche se llenó de sonidos de memoria y tiempo. Gotas de agua, música de lluvia calando entre las esculturas de los milenios y la magnificencia del pasado y nuestros primeros pasos en la historia.
Es ahora, cuando da vértigo la perspectiva de los días. Cuando callado conectas con el Principio, con la Madre que nos dejó crecer y alimentó durante todo este caminar. La grandeza de la Creación dentro de cada poro y sentir que formas parte de Todo. Luz, tierra, oscuridad, aguda, polvo de estrellas. Sumamos.

Alzamos la vista y nada, el mismo cíelo oscuro y cantarín. A pesar de lo pequeño que soy, me siento parte de algo tan Grande que me emociono. La Madre me reclama y me habla. Sé de donde vengo, y siento un manto de cariño y Paz salvaje.

Vuelve la antorcha a prender y ya no es posible desconectarse del refugio. Me gusta la seguridad de la oquedad ahora que sé. Pero cuando mis padres primigenios entraron en la gruta por primera vez, osos, alimañas y otros peligros desconocidos dormitaban en la negrura de aquella boca, que luego terminó por ser hogar y refugio.

Despertar del ensueño, no fue fácil. Deshacer el camino hasta la entrada, pesaba como una extraña nostalgia. No quería levantar de frío acogedor del suelo, no quería dejar atrás esa tierra de mi pasado, mi abrigo recién encontrado. Pero todo sigue su ritmo, y fuera la lluvia había parado, y reconfortados por el momento iniciamos la vuelta con la campana como faro sonando y la sensación de Epifanía mística, cósmica, universal.

…Las cosas más sencillas comienzan cuando te dejas sentir. Un latido, un paso y al camino. Al día siguiente, picos de Europa, norte sagrado, Cantabria infinita.
Gracias sin más al viento.
