DIA CIENTO TREINTA Y NUEVE. Sentidos

No recuerdo bien quien decía aquello de «el mar, idiota, el mar», lo que tengo claro es que de alguna forma a mi me empana, me pierde o me altera el nivel de algún bioritmo, porque me atrapa en sueños que no se explicar.

Y mirarlo de frente para sentirlo con cada sentido.

Al tacto líquido y frío, mientras se vuelve cálido a la piel y suave en el corazón. Escurridizo y salvaje, sencillo en sus lametones en forma de ola, que te arrastran para recordarte que eres un granito más en la arena.

Salado al gusto, y amargo en su crueldad, cuando te revuelve y te hace fruncir ceño y cerrar ojos por el escozor enemigo que se  empeña en echarte, pero que luego se dulcifica en el recuerdo al saborear los pliegues de tu piel.

Nana al oído, al viento y ritmo de sus ir y venir, de lado a lado, de orilla a roca, de piedra a pies. Ritmo a cuatrocientos treinta y dos hertzios sin discusión, suave canto de sirena que te arrulla en la paz, y alerta en la tormenta por venir.

Luz a la vista, millones de farolillos y velas de aceite que se mecen entre rincones azulados y turquesa. Colores imposibles que van hasta el negro de la noche, reflejando destellos de lúa y  estrellas. 

Aroma a salitre, a pez y vida. Fuerte, punzante y penetrante, que te abre olfato y despeja errores, con notas de yodo y alga. El olor que dicen que no tiene el agua, pero quizás si la salvaje.

Así me quema el Mar, mientras estoy tumbado sobre su cuna con los brazos en cruz, mirando el cielo que refleja, cabeza sumergida y escuchando mi respiración que se confunde con su voz.

Me gusta sentirme parte de todo, y que sea el mar quien me recuerde el porqué Dios me regalo estos sentidos que me traen de vuelta a mi origen, donde dicen que todo comenzó.

Gracias